martes, 13 de octubre de 2009

Una lúcida y arriesgada propuesta conceptual aen la 52º edición de la Bienal de Venecia

Crítica
Roxana Popelka


Para cualquier artista la posibilidad de estar seleccionado en la Bienal de Venecia, uno de los eventos artísticos internacionales más destacados, supone un prestigio profesional así como una plataforma de proyección internacional incuestionable. Dos de los artistas escogidos para esta ocasión por el comisario y crítico de arte Alberto Ruiz de Samaniego, encargado del pabellón español en esta 52º edición, merecen esta acertada elección con creces. Se trata de una apuesta valiente por el dúo performático Los Torreznos compuesto por Rafael Lamata (Valencia, 1959), y
Jaime Vallaure (Oviedo, 1965). Dos artistas con una dilatada e inusual trayectoria en nuestro país dentro del campo de la desconocida y olvidada performance.
El encuentro entre ambos, a principios de los años 90, en el emblemático taller de creación impartido por el artista Isidoro Valcárcel Medina en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,
supuso el inicio de una fructífera colaboración por caminos poco transitados tanto de propuestas de creación experimental, como de investigación y gestión artística.
Será en el año 1998 cuando decidan crear La zona de acción temporal, un proyecto artístico concebido como espacio abierto a todas aquellas iniciativas artísticas experimentales.
Dos años más tarde con Circo Interior Bruto, propician una labor de creación colectiva basada en la presentación de diversas piezas escénicas. Con estas propuestas no sólo
pretendían abrir nuevas vías de investigación dentro del ámbito artístico, sino generar un núcleo de experimentación alejado de los circuitos estrictamente comerciales.
Paralelamente a estas actividades, Rafael Lamata y Jaime Vallaure venían realizando un trabajo conjunto, aunque será con motivo de una invitación a Canadá cuando estos artistas
madrileños se planteen volcar sus energías en torno a una labor de creación performática. Así nacen Los Torreznos, (nombre que toman del conocido aperitivo madrileño consistente en cortezas de cerdo fritas.)
La práctica de la performance como forma de expresión
artística,
se enmarca dentro de la corriente de movimientos corporales
contextualizados en los años sesenta que surgen con una
clara intención de ofrecer una alternativa a las tradicionales
formas de concebir el arte y la cultura. Uno de sus
fundamentos más relevantes es la eliminación de la obra de
arte como objeto y soporte, promoviendo así una participación
por parte del espectador. En este sentido, el trabajo de Los
Torreznos entronca con la concepción original de esta
disciplina ya que en sus, hasta ahora, once piezas
presentadas en distintos festivales y eventos artísticos, tratan
de ofrecer una experiencia que se haga extensiva al
espectador. Bajo la premisa de la síntesis buscan la
simplicidad utilizando los mínimos recursos escenográficos
posibles; una silla, una mesa, un pañuelo, etc. Es su
presencia la que se convierte en el elemento identificativo de
sus trabajos. Su intención no es otra que comunicar de forma
directa con el público- y lo consiguen-, para ello adoptan
como eje vertebrador el humor y la ironía, en ocasiones con
un tono no exento de crítica. En sus acciones abundan temas
universales como la cultura, el tiempo o las emociones.
Para este dúo artístico el campo de la performance es muy
amplio y actualmente se corre el riesgo de caer en un nivel
críptico difícilmente asimilable por el público. Lo importante,
opinan, es realizar un esfuerzo y clarificar el mensaje a través
de la intensidad que llega a proporcionar el trabajo en directo.
No les preocupa que sus acciones puedan ser calificadas
como teatrales, lo importante para Los Torreznos no es tanto
el territorio artístico en el que te muevas, sino que dejes de
explorar e investigar .
El proyecto que preparan para la Bienal de Venecia, que se
inaugurará el próximo 10 de junio, consiste en cinco acciones
presenciales y tres piezas de vídeo, así como una de audio.
Los dos artistas consideran que su trabajo ha sido
seleccionado porque encaja en la propuesta del comisario, a
saber, por un lado Alberto Ruiz de Samaniego parte de la idea
positiva de la hibridación de las prácticas artísticas
contemporáneas, y por otro, de un postulado nietzscheano
que viene a encarnar un cierto optimismo vital, en palabras
del comisario: “ante el desierto de lo real conviene responder,
nietzscheanamente, con la alegría del suceder, restaurar el
fulgor del vértigo, de lo inaudito”. Es en ese territorio donde
cobran significado las propuestas de Los Torreznos al saber
comunicar no sólo una profunda emoción, sino una
experiencia estética consiguiendo que su trabajo, realizado
desde el esfuerzo, se sitúe en una posición comprensiva, y
permitiendo que sus planteamientos conecten directamente
con el público. Una tarea nada desdeñable para los tiempos
artísticos que corren.

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